Hambre
Noruega, finales del siglo XIX. Un joven escritor sin nombre vaga por las calles de Christiania. No ha comido en días. Podría pedir ayuda, pero en lugar de eso miente, inventa, regala lo poco que tiene por puro orgullo. El hambre le nubla la mente, le susurra ideas extrañas, lo empuja al delirio. Así comienza Hambre, la novela con la que Knut Hamsun revolucionó la literatura en 1890.
Porque Hamsun hizo algo que nadie había hecho antes: metió al lector dentro de una cabeza humana. Su mirada al caos interior, su forma de narrar desde la víscera, inspiraría después a Joyce, a Kafka, a Virginia Woolf. Y también, cruzando el océano, a un muchacho mexicano llamado Juan Rulfo, que leyó Hambre a los catorce años y la absorbió hasta hacerla suya. Sin Hamsun, quizá, no existiría Pedro Páramo.
Leer Hambre es descubrir el origen de la literatura moderna. También es enfrentarse a una pregunta difícil: ¿Qué hacer con un genio que terminó abrazando el nazismo? Acaso la respuesta esté en sus páginas. El arte verdadero acaba perteneciendo a quienes lo necesitan, no a quienes lo escriben. Y Hambre -cruda, deslumbrante, incómoda- lleva más de un siglo siéndole necesaria a muchos. Atrévase a comprobarlo.
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